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Jóvenes en guerra… con el estigma


Foto: Jhoan Estevan Carmona

ORIGINALMENTE PUBLICADO EN: http://region.org.co/index.php/enterate/item/377-jovenes-en-guerra-con-el-estigma


En Medellín, como en otros lugares de Latinoamérica, los jóvenes han sido los más afectados por la inequidad y la violencia, pero también han sido el motor de la resistencia.

Por: Luisa Fernanda Saldarriaga

Periodista y asistente de comunicaciones de la Corporación Región


Nacer o no nacer pa’ semilla… esa es la cuestión. En Medellín, la población joven (entre 14 y 28 años según la ley colombiana) sigue siendo la más afectada por problemáticas como la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades. Sin embargo, hay un mal peor al que los jóvenes se han visto enfrentados: la estigmatización.


Por eso, el pasado sábado 23 de febrero se llevó a cabo un encuentro con integrantes de La Plataforma Juvenil de La Loma (corregimiento de San Cristóbal, Medellín), promotores y promotoras juveniles de la Asociación Civil Puririsun (Cusco, Perú) y Alonso Salazar, autor del libro “No nacimos pa’ semilla”. La excusa: conversar con el escritor sobre las historias y los personajes que aparecen en el texto y que narran la Medellín de los años 90. La pregunta: ¿Qué significa ser joven en medio de la adversidad?


En la Medellín de “La vendedora de rosas”, “Rodrigo D no futuro”, “La virgen de los sicarios” o “Rosario Tijeras”, ser joven era estar entre la espada y la pared, pertenecer a las redes del narcotráfico o a cualquiera de los grupos armados, alimentar las enormes cifras de las víctimas o los victimarios. Al parecer era una generación perdida, sin futuro, sin esperanza, una generación que no nació pa´ semilla. “La ciudad estaba implosionando, jóvenes pobres matándose entre ellos”, comenta Salazar.

Y si bien para el escritor, que fue alcalde de Medellín entre 2008 y 2011, la pobreza por sí sola no puede explicar las dinámicas de violencia, las crisis económicas que vivió el país entre los 80 y los 90, hicieron que los jóvenes de la ciudad, particularmente los de estratos bajos, fueran más vulnerables a las dinámicas violentas emergentes.



En 1980 la tasa de desempleo juvenil en Medellín era del 38%, y ya para 1990 superaba por cuatro puntos el promedio nacional. Ese mismo año, el Departamento Nacional de Planeación reportó que la tasa de escolarización secundaria en el estrato 2 era del 53,3% y en el estrato 1, del 38,3% . La falta de acceso al empleo y a la educación convirtieron a este segmento de la población en carne de cañón para los diferentes grupos armados. Por eso no es extraño que, de los 6.800 asesinatos reportados en 1991, la mayoría de las víctimas fueran jóvenes habitantes de zonas periféricas.



“¿Acaso es delito ser joven?, era el titular de una noticia publicada por El Colombiano el 17 de noviembre de 1992, haciendo alusión a la masacre de 9 jóvenes del barrio Villatina, a manos de la Policía Nacional. Y es que, además de las vidas perdidas, uno de los daños más grandes que ha dejado la violencia en la capital antioqueña es el estigma que cargan los jóvenes a sus espaldas. En la ciudad, el país y el mundo se empezó a reproducir el imaginario de que una persona joven, que habitara alguna de las comunas periféricas de Medellín estaba, sí o sí, relacionada con el crimen.


Para Alonso Salazar estas circunstancias hicieron que la sociedad civil y los gobiernos pusieran su atención en esta parte de la población, implementando diferentes programas que, de alguna manera, lograran mitigar esta problemática. Es el caso de la Consejería Presidencial para Medellín, que empezó a funcionar en 1990 bajo el liderazgo de María Emma Mejía. Pero para el periodista, “la violencia también ha hecho que los jóvenes se piensen la ciudad y el lugar que quieren ocupar en ella”. De ahí se deriva el surgimiento de una gran cantidad de iniciativas y organizaciones juveniles que han sido fundamentales en la transformación de individuos y colectividades.


En medio del conversatorio sobre “No nacimos pa’ semilla”, una de las visitantes de Cusco, Perú habló sobre su infancia. Pobreza, exclusión y abuso aparecen en su relato. Al terminar concluyó que, sin la Asociación Civil Puririsun, su vida no sería la que es ahora. Del mismo modo, quienes se declaran “sobrevivientes” del estallido de la violencia en Medellín podrían contar una historia similar, pues a través de propuestas culturales, artísticas o comunicativas, muchos jóvenes han podido refugiarse de la adversidad, tejer redes de protección para sus pares y lograr transformaciones visibles para sus comunidades. Además, han encontrado formas distintas de narrarse a sí mismos y de narrar la ciudad.


Lamentablemente, la guerra en Medellín no ha terminado. Según el Sisc , el 2018 cerró con una cifra de más de 600 homicidios, y en lo que va del 2019 ya se superaron los 200. El perfil de las víctimas sigue siendo el mismo: en su mayoría hombres jóvenes, de estratos sociales bajos y habitantes de las zonas periféricas de la ciudad. Es por eso que chicos y chicas de la Plataforma Juvenil de La Loma manifestaron, durante el conversatorio, que se sentían identificados con muchas de las escenas que se narran en “No nacimos pa’ semilla”. Con lo que ya no se sienten identificados es con esa imagen de la juventud desesperanzada que sucumbe ante la adversidad.


“¡Sí nacimos pa’ semilla!”, afirman con la convicción de que lo primero que hay que combatir (sin armas, claro está) es la estigmatización. Decirle a la ciudad que ser jóvenes y crecer en contextos difíciles no los hace criminales. Que todas las personas nacemos siendo semilla, pero para germinar necesitamos cuidado y protección. “Tenemos que garantizarles educación y herramientas suficientes para que puedan hacer un relevo generacional en la política. Ustedes deben liderar el cambio de mentalidad que necesitamos para transformar la ciudad”, concluye Salazar. 

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